NEPAL - DÍA 1

Llegamos a Katmandú entre una tormenta típica monzónica. Después de tramitar el formulario del visado, pedimos un taxi pre-paid (750 NPR) del aeropuerto al centro, ¡Error!, si negociáis el precio con los taxistas de fuera os saldrá más barato.

El primer contacto con Katmandú es de amor a primera vista, viniendo de la India nos parece un lugar mucho más tranquilo y relajado, sin motos, vacas, perros y coches haciendo ruido todo el día. No obstante, Kathmandu NO es un lugar tranquilo. En nuestra cabeza nos imaginábamos Katmandú como un pueblito en las montañas, tranquilo y con aire limpio, pero no es así, hay muchos atascos y los coches viejos y los tubos de escape sin filtro contribuyen a que el aire esté muy contaminado y a veces cueste respirar.

Llegamos a nuestro alojamiento, el Rest Up Katmandú, un hostel totalmente nuevo ubicado en Thamel, el barrio mochilero. El hostel es un bonito lugar lleno de pinturas de artistas locales, con habitaciones amplias, agua caliente y unas zonas comunes preciosas, diseñadas con mucho cariño. El personal nos trató muy bien y tenemos claro que volveremos a ir (de hecho, volvimos unos días más adelante) y lo recomendamos un montón. ¡Si lo reserváis con nuestro código de Booking tendréis un 10% de descuento!

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Al llegar al mediodía, nos quedaba solamente la tarde libre para hacer turismo, así que nos fuimos a patear un poco por el barrio de Thamel, que está lleno de tiendas de copias de marcas de alpinismo, y puedes comprar cualquier cosa que necesites para hacer un trekking. Bajando por Thamel hacia el sur, llegamos a la plaza Durbar de Kathmandu. Nada más poner un pie en la plaza es inevitable pensar en lo bestia que llegó a ser el terremoto de 2015. Todos los edificios de la plaza están en reconstrucción, o lo han estado, y algunos de ellos han desaparecido para siempre. A pesar de que no es la plaza Durbar más bonita de Nepal, recomendamos ir, tanto para ver sus monumentos, como para entender la magnitud del terremoto así como para contribuir en su restauración.

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Al salir de la plaza cogimos un taxi (500 NPR) que nos llevó al templo de Pashupatinath (1000 NPR/adulto). El templo en sí está cerrado al turismo y solo pueden entrar los hindúes pero alrededor del mismo hay un recinto con diferentes cosas interesantes. Seguramente, lo más llamativo es el río que pasa justo al lado del templo. Está lleno de ghats, escaleritas que bajan hasta el río, que se usan como crematorios al aire libre. A diferencia de la India, en Nepal, sí que está socialmente aceptado llorar o mostrar pena durante estos ritos y la sensación al contemplar esta ceremonia se hace muy diferente. Sobra decir que no hay que tomar fotos. Si tenéis interés en saber más sobre las cremaciones hindúes podéis visitar el post de Varanasi en nuestra ruta por la India. Además, cruzando el río empieza un camino que se adentra en el bosque y lleva a algunos templos. Quizá lo más interesante de la zona, es que está llena de yogis y sadhus, monjes ascetas que viven alejados de las ciudades vestidos de naranja y amarillo, con largas rastas y las caras pintadas. Preparaos para que os insistan en que les toméis una foto y luego que os pidan algunas rupias a cambio.

Finalmente fuimos a ver la famosísima estupa de Boudnath, aunque ya estaba cerrada y no pudimos entrar en el recinto interior, es un lugar mágico y especial, que nos enamoró. Vayas a la hora que vayas siempre hay monjes budistas dando vueltas a la estupa y haciendo girar los molinillos con mantras que hay alrededor de sus paredes, todo con una deliciosa banda sonora de mantras recitando el Om Mani Padme Hum (alabada sea la joya del loto), el mantra principal del budismo. Para llegar tuvimos que pillar un taxi (300 NPR), pues queda un poco lejos.

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Bitácoras

de mochilero