DÍA 1

El viaje empezó… Digamos que de forma interesante. No escuchamos el despertador y tuvimos que correr mucho para poder coger el tren que habíamos planificado. Por suerte, fue llegar a la estación (jadeando de cansancio) y aparecer el tren. Así que todo bien al final.

Llegamos a las 10 al aeropuerto de Nápoles y tomamos el Alibus hasta el centro, Stazione Centrale o Piazza Garibaldi, que están una al lado de la otra (5 €/pers. y unos 20 min). Una vez ahí, caminamos hasta el B&B The Terrace Naples para dejar las maletas y poder poner rumbo a Herculano. A pesar de que al llegar al hotel, el propietario no estaba y tuvimos que esperar, resultó ser un sitio fantástico con una terraza con vistas a la ciudad.

Cogimos unas porciones de pizza de camino a la Piazza Garibaldi por 1 € cada una. Una vez allí cogimos la línea de tren Circumvesuviana hacia las ruinas de Herculano (Ercolano Scavi en italiano) por 4,40 €/pers. ida y vuelta (20 min). El camino hasta las ruinas es fácil, sólo hay que seguir la calle de la estación en dirección al mar. Compramos las entradas (11 €/pers.) y alquilamos una audioguía para compartir (8 €) ya que el servicio de guia oficial cuesta 120 € por grupo. Recomendamos mucho coger audioguía porque no hay apenas explicaciones dentro del recinto. Nosotros estuvimos dentro unas 4 horas pero el tiempo de visita dependerá mucho del viajero. Aquellos que quieran ver las cosas de pasada sin escuchar muchos audios podrán visitarlo más rápido pero aquellos que quieran detenerse en cada detalle y escuchar la audioguía completa, necesitarán más tiempo.

Es difícil decir qué es imprescindible ya que hay frescos y mosaicos increíbles escondidos donde menos lo esperas pero también estructuras muy bien conservadas o edificios muy interesantes. También se puede ver un grupo de esqueletos amontonados en unas salas en la zona más cercana al mar, víctimas que intentaron esconderse porque era tarde para huir. Por decir algo, quizá lo que más nos gustó fueron las termas y el gimnasio. Nosotros fuimos en enero y fue una buena decisión ya que estuvimos prácticamente solos y nos salvamos del calor del verano que dicen que es insoportable. Eso sí, nos llovió un poquitín.

De vuelta a Nápoles, aprovechamos el tiempo paseando un rato por el centro y vimos la calle de los pesebres, una calle donde todas las tiendas se dedican a la venta de figuritas de pesebre y decoraciones navideñas durante todo el año. Finalmente, para cenar, comimos una tradicional pizza frita en “La Sorelle Bandiera”. Tal como su nombre indica, la pizza frita es una PIZZA FRITA! Una calzone puesta directamente en aceite hirviendo. Buenísima. Muy de gordos.

Bitácoras

de mochilero