JAPÓN - DÍA 23

A las 6:30 las campanas del templo llamaban a la ceremonia de rezo matinal, así que fuimos para la sala del altar a vivir una bonita experiencia viendo y participando de la sesión, en la que los monjes cantan los sutras y tocan unos tambores.

 

El paso del tifón había dejado algunos árboles rotos, y a pesar de que seguí lloviendo fuimos a visitar el cementerio Okunoin. Es el cementerio más extenso de Japón con más de 200.000 tumbas entre las que se encuentran la de Toyotomi Hideyoshi (habréis oído su nombre mil veces en Japón), Oda Nobunaga (si predecesor), Date Masamune (un famoso samurái) y muchos otros. También hay algunas cosas curiosas que vale la pena destacar. En la zona moderna hay un mausoleo hecho por una compañía dedicada a la fumigación dedicado a las termitas muertas, en el interior del cementerio también podréis encontrar un mausoleo dedicado a los dientes y uñas de la familia del emperador, encontraréis una curiosa pirámide hecha con centenares de estatuillas de Jizō y miles de rincones que merecen atención. Al final del cementerio se encuentra la zona más sagrada de todo Koyasan, el mausoleo de Kobo Daishi, donde se dice que no está muerto sino que está encerrado en su interior meditando profundamente. El ambiente en todo el cementerio es de calma y espiritualidad, pero enfrente del mausoleo de Kukai, la palabra espiritualidad se queda corta. Siempre os encontraréis a alguien rezando, meditando o presentando sus respetos frente a la puerta de entrada, además, dos veces durante la mañana le llevan comida. Justo antes de entrar al mausoleo está el Torodo, un salón repleto de farolillos de aceite donados por la gente. Hay 4 que se dice que son sagrados porque siguen encendidos desde que se donaron. Es especialmente bonita la historia de una mujer pobre que quería donar un farolillo al templo pero no podía por falta de dinero. Terminó vendiendo su pelo para poder recopilar el dinero y hacer la donación finalmente.

Este cementerio es enorme y uno podría pasarse varios días explorando los rincones olvidados que ha reclamado la naturaleza pero teníamos que irnos para poner rumbo a Osaka. Llegamos por la tarde y el objetivo estaba muy claro, pasear por el loco Dotonbori al anochecer con sus luces y carteles de mil colores y sus infinitos puestos de comida. Tras dejar las mochilas en el Hostel Q (¥6.300 hab. dob.), a menos de 5 min del Dotonbori, empezamos nuestra peregrinación del tapeo. Se dice que en Tokio o Kioto la gente es capaz de gastarse mucho dinero en un buen kimono mientras que en Osaka se lo gastarán en comida. Los tres clásicos que hay que probar son el okonomiyaki (digno rival del de Hiroshima), el takoyaki (las típicas bolitas rellenas de pulpo) y el kushikatsu (unas brochetas rebozadas que se untan en una salsa agridulce, originalmente eran de ternera pero ahora los hay de mil cosas, ¡incluso de helado rebozado!). Como no nos gusta renunciar fuimos de restaurante en restaurante y de puestecito en puestecito hasta que probamos todo esto y alguna cosilla más (ya si eso haremos la operación bikini en septiembre). Es muy divertido pasear entre el animado gentío, bajo los enormes carteles en movimiento y las eclécticas luces de colores.

Cuando fuimos a ver el Glicoman, al lado del río y en una zona ligeramente más tranquila oímos a lo lejos un tambor y entrevimos unas llamas. ¿Y qué pasa cuando nos pica la curiosidad? Que no podemos resistirnos, y para allá que fuimos. Suerte, porque de esta forma pudimos terminar el día tal como lo empezamos.

 

Justo al lado del bullicio, la modernidad y la locura del Dotonbori se estaba celebrando un ritual budista en la calle en el que quemaban unas maderitas con las preocupaciones de los feligreses para eliminarlas. El contraste despistaba al principio pero a los pocos minutos, entre los sutras recitados, el ritmo del tambor y el chisporroteo del fuego, el trance estaba asegurado. ¡Qué maravilla la devoción de estos monjes, expuestos al fuego durante horas sin ni siquiera retirarse ni parar un momento!

Bitácoras

de mochilero